ALEJANDRO A. PRIETO ORVIZ.
Tiene usted razón, pero no hay que irse hasta China para encontrar imitadores de los poderosos. En cualquier pueblo español se ven más gorras de béisbol que boinas, se beben más coca-colas que granizados y se habla con más conocimiento del sistema judicial norteamericano que del español. ¿Y las corbatas de rayas a lo Zapatero? He llegado a detestarlas tanto como a las puñeteras pulseritas a lo Aznar. De operaciones, mejor ni hablemos: piense en Argentina, por ejemplo. ¿Que por qué somos así? Ni pastelera idea, a mí que me registren.
Le cambio la pregunta por otra: ¿por qué necesitamos que el jefe nos quiera? Nunca nos basta con que nos pague: hacemos lo que haga falta (un auténtico trabajo de chinos) para recibir además su mirada de aprobación, su sonrisa y su palmadita en la espalda. Decimos que nos gusta que valoren nuestro trabajo y otras pamplinas. Es mentira: queremos que nos quiera, exigimos el amor del que manda y, si nos rechaza, nos convertimos en Caín con una quijada de asno o con un inocente mail envenenado, y con copia oculta, para dejar al descubierto al hipócrita de Abel.
Somos así: no tenemos remedio. Ni siquiera los chinos, con lo listos que parecían. No acabamos de entender que no es la corbata ni la pulsera, ni la gorra, ni las tetas globulares o los ojos oblicuos. Es el poder. Detentarlo o imitarlo. Eso es lo único que nos emociona. Tal vez por eso, vistos de cerca, damos tanta pena.